Aires de telefilm

Silencio, de Ramsey Campbell

El malo de Silencio es un psicópata cuya debilidad son los niños. Los pequeños le gustan tanto que no soporta verlos llorar; así que en cuanto tiene el menor indicio de que un tierno infante lo está pasando mal, Hector Woollie (que así se llama el psicópata en cuestión) le suministra ciertas sustancias que hacen que se quede dulcemente dormido... para siempre. A la hora de deshacerse de los cadáveres, a Woollie le resulta muy útil su trabajo de albañil: sabe aprovechar cualquier reformita para ocultar el fiambre bajo tierra antes de cubrirlo con una capa de hormigón, y todo ello sin que el propietario de la casa llegue a enterarse de nada.

Supongo que con este punto de partida puede conseguirse una novela razonablemente inquietante. Sin embargo, Silencio no lo es; imagino que porque lo mejor del libro no pasa en el libro: en el momento en que se desarrolla la novela, las maldades de Woollie ya forman parte del pasado y al psicópata lo han dado por muerto. Es como si Silencio fuese en realidad la segunda parte de una novela que jamás se llegó a escribir. Y ya se sabe lo que dice el refrán: «Nunca segundas partes fueron buenas».

En Silencio pasa muy poca cosa, los diálogos son artificiales, los personajes son planos y todo el argumento está impregnado de un insufrible aire de telefilme con tintes folletinescos. La protagonista, que reside en la vivienda donde Woollie enterró a su última víctima, es una divorciada que tiene un hijo en la difícil etapa de la adolescencia y se echa un noviete (un escritor que prepara una novela sobre el albañil asesino) con el que rompe en varias ocasiones, aunque en el fondo nunca dejan de quererse (los romances apasionados, es lo que tienen). Pues bien: el grueso de la novela se pierde en contar, con más detalle del que sería menester, los problemas domésticos de la heroína y su prole: que si el niño va con malas compañías y se mete en líos en el instituto, que si el ex marido ha rehecho su vida enseguida pero ella no ha tenido tanta suerte, que si el adolescente no se lleva bien con la hermanastra (una niña malcriada que huele a víctima de Woollie desde su primera aparición), que si la prensa y los vecinos les acosan por vivir en la «casa de los horrores», que si ella tiene miedo porque se siente atraída por un hombre al que acaba de conocer... Entretanto, Woollie deambula de aquí para allá haciéndose pasar por mendigo vagabundo, reflexionando mucho pero sin hacer nada de lo que se supone que hacen los psicópatas de novela de terror hasta cerca de la página 200, cuando (¡al fin!) secuestra a la hermanastra del adolescente conflictivo (e, inmediatamente después, al propio adolescente cuando acude a rescatarla).

A partir de ahí la novela se anima un poco, aunque tampoco demasiado: siguen páginas y páginas de parloteo entre Woollie y los niños (¿he dicho ya que los diálogos son muy malos?), mientras todos los personajes se ponen a darle vueltas al coco: el secuestrador, pensando en qué hacer con sus víctimas; los secuestrados, en cómo escapar; la divorciada, en lo difícil que es educar a un hijo (bueno, es que ella piensa que al adolescente problemático no lo han raptado, sino que se ha fugado de casa); el novio de la divorciada, en cómo acabar con el albañil loco... Reflexiones tirando a pesadas que interesan bien poco al lector: a esas alturas, es imposible seguir teniendo la esperanza de que el libro remonte y se convierta en la novela de terror que prometía ser por la portada.

Adolfina García